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4 jul 2024

Los cocodrilos y la infancia


Se cuenta que para los egipcios era un honor que sus hijos fuesen devorados por un cocodrilo; no olvidemos que los espartanos arrojaban por un acantilado a aquellos niños que veían débiles o se les presumía enfermizos. Durante siglos, los castigos físicos fueron considerados como necesarios y los pequeños eran utilizados como moneda de cambio y los menores desfavorecidos pasaban a ser propiedad de algún burgués desde que mostraban una cierta autonomía. Aunque creemos que hay ciertos conceptos que ya están superados, todavía hoy, algunos consideran que los hijos de otros tienen menos derechos que los propios, por eso les arrojan bombas, los esclavizan o se venden y prostituyen a las niñas.

En nuestro mundo, al que calificamos con el eufemismo de civilizado o primer mundo, consentimos otros tipos de maltratos. Save the Children nos recuerda que la tasa de riesgo de exclusión social y pobreza de la infancia en el Estado español se sitúa en el 28,3 %, más de 2,2 millones de niños —los mismos habitantes que el Archipiélago Canario—. Aldeas Infantiles eleva la cifra al 33 %. Para entendernos, uno de cada tres niños en España está en riesgo. Significa que uno de cada tres niños están mal alimentados o pasan frío por las noches o lo tendrán más difícil para acabar la formación que les hará acceder al mercado laboral o son maltratados y abandonados física o emocionalmente.

Hay decisiones que se toman desde las instituciones que denigran a la infancia y que agrandan las diferencias entre los que han nacido en una familia con una renta por debajo de la media y otra que se puede permitir algunos lujos; un tipo de violencia contra la infancia oscura y sibilina, porque normaliza circunstancias que determinan la vida de miles de niños, de los adultos que serán y, por lo tanto, de todos nosotros. Determinaciones que provocan situaciones que dejan a los menores más desfavorecidos con menos oportunidades; como por ejemplo el abandono de la Educación Infantil de 0 a 3 años, las listas de espera en la sanidad pública en la psiquiatría o psicología infantil, las dificultades de acceso a la oferta cultural o la permanencia en instalaciones educativas deficientes.

Los cocodrilos se siguen comiendo a los niños.

(Artículo publicado en La Provincia)

El frasco de las hormigas

 


«No puedo recordar todo lo que Frank tenía peleando en el frasco ese día, pero puedo recordar otras peleas de insectos que organizamos más tarde: un escarabajo ciervo contra cien hormigas rojas, un ciempiés contra tres arañas, hormigas rojas contra hormigas negras. No pelearán a menos que sigas sacudiendo el frasco. Y eso es lo que estaba haciendo Frank, sacudiendo, sacudiendo el frasco». Kurt Vonnegut (1963), Cuna de gato.

He escuchado, en más de una ocasión, hablar del alumnado como ciudadanos del futuro. Creo que es un error mayúsculo. Los chinijos no son seres anónimos, ajenos a las circunstancias sociales y políticas. Se sorprenderían de las opiniones que muchos sostienen sobre los acontecimientos que suceden. Y la información que reciben a través de los dispositivos móviles y la televisión, les hace construir su visión particular del mundo, sesgada como la nuestra, pero con la que construyen juicios y emiten sentencias, como hacemos muchos.

El otro día, por ejemplo, le preguntaba a un grupo de alumnos cuántas guerras había en este momento. La gran mayoría se apresuraron a decir dos. Unos pocos dijeron que unas tres o cuatro. Y uno, tímidamente, apuntó que podían ser hasta cinco los conflictos armados. Repetí la pregunta en varias aulas y la respuesta fue prácticamente la misma. La exposición de los niños y niñas a la información, les llega a hacer creer que no hay más mundo ni más dolor ni sufrimiento que el que ven. (Existen más de cincuenta conflictos armados, son cerca de cuarenta los países afectados y millones de personas víctimas de la violencia).

La presidenta del Congreso advertía, ante el comportamiento de un grupo de diputados cuando Feijóo estaba pronunciando su discurso de investidura en la que no logró los votos necesarios para ser presidente del Gobierno, que no iba a permitir que el parlamento se convirtiera en «un patio de colegio». Y pienso que la señora Francina Armengol se equivoca, que debería posibilitar que el hemiciclo fuese un recreo constante: ya me gustaría que los diputados y representantes públicos elegidos en las urnas y que cobran de nuestros impuestos, se respetaran y relacionaran como hacen los niños y niñas en los patios de los colegios.

Pero los chiquillos ven y escuchan a los políticos mentir, insultarse, faltarse el respeto, romper continuamente las normas básicas del diálogo. Ven y escuchan cómo se banalizan palabras o expresiones como «asesino», «dictadura», «terroristas», «hijo de puta», «secuestro», «guerra», «violencia».

No deberíamos de extrañarnos si, con tanto sacudir el frasco, acabemos los maestros advirtiendo a nuestro alumnado que no vamos a permitir que se comporten como si fuesen unos diputados cualesquiera.

(Publicado en La Provincia)

La salud mental del docente

 

Metodio Alcántara, «El escondido», es un personaje que me inquieta y me atrapa. Aparece en la novela de Víctor Ramírez, «Nos dejaron el muerto». Vive oculto detrás de un armario. El miedo lo atenaza y no confía en los que le rodean ni en sus palabras ni en sus gestos. Y «se acurrucaba encogidito más aún, allí tras el armario, como un feto».

Yo no sé quién se ocupa de la salud metal de los profesionales de la educación reglada. No sé, tampoco, quién debería hacerlo. Tengo mis sospechas, como cualquiera de ustedes, pero me sorprende que nunca nadie se haya preocupado de este tema de manera decidida, abierta y con valentía.

Un psicólogo me comentaba, precisamente hace unos días, la cantidad de docentes que reclaman sus servicios. Y no es de extrañar sabiendo la responsabilidad y las exigencias sociales que soportamos los maestros; las inquietudes que sostenemos y los vaivenes de nuestro trabajo —con idas y venidas de normas y leyes—, sin un liderazgo definido y con responsables que no escuchan a los que, día a día, tienen como objetivo que el alumnado descubra sus potencialidades, para su propio beneficio y de la comunidad en la que viven.

Grandes profesionales terminan actuando como Metodio Alcántara: esconden su trabajo y viven en el aula acurrucados y encogiditos. Y pienso que no podemos permitirnos ese lujo, ni el alumnado tampoco.

Cuidemos a los que cuidan del desarrollo personal, físico, emocional y social de los niños y jóvenes; sin duda, conforman el bien más preciado de Canarias.

11 dic 2023

Pepa, en la escuela no me hablaron de ti

Pepa Aurora gobierna en el País de Letras Chinijas Canarias. Es su Guayarmina. Y así lo ha reconocido la Academia Canaria de la Lengua, nombrándola miembro de honor, el uno de diciembre del presente año.

Extracto del artículo publicado en La Provincia.

Ha conquistado un territorio para devolvérselo a sus lectores en forma de cuento, de rima, de poema, de adivinanza, de narración, de historia y de canción. Cuando la escuchas —o lees—, te embriaga su compromiso, audacia y responsabilidad con su objetivo de vida, del que todos formamos parte. Su prosa es tierna y mimosa. El ikigai de Pepa Aurora son sus lectores, a los que ella trata siempre como si no crecieran, porque sabe, que un niño se merece toda la verdad y honestidad.

Yo no tuve la suerte de conocer a Pepa Aurora en la escuela. Tampoco en la universidad, durante mi formación como maestro. Pero me la encontré en los libros, que es donde ella habita en estado natural, pura e irreductible. La vi destilando sus historias en el tayero de la cultura y la educación, del que todos deberíamos beber.

Y como justa Guayarmina, reparte sus ganancias en palabras untadas en pura miel, sin dejar de recordarnos que su canto es del pueblo, y al pueblo ha de volver.

Sigue siendo una maestra que escribe.

Y nunca me ha parecido una escritora que pretenda enseñar. Su literatura huye del trampantojo estético y de la retórica comercial y artificial, para adentrarse en el mundo de los sueños y de la vida, sin rodeos.

Las palabras de Pepa Aurora son como las baldosas amarillas del camino, por el que discurre serena, la literatura infantil Canaria, escrita para despertar a los adultos.

Reivindicar la figura de Pepa Aurora, es también defender una escuela más canaria y comprometida, nuestra habla propia y singular, las bibliotecas como espacios de encuentro y la cultura como una inversión para ser libres.

Artículo publicado en La Provincia, el 9 de diciembre de 2023.

Homenaje a Pepa Aurora realizado por Juan Carlos Saavedra, en su programa «La maleta»:

6 nov 2023

Las bibliotecas escolares tienen futuro

Yo creo en las bibliotecas.

Un 24 de octubre les escribía a mis compañeros que nosotros somos como una biblioteca. Coleccionamos historias, las guardamos, las ordenamos… Decidimos cuáles pueden prestarse y cuáles no. Expurgamos las estanterías del alma. Condenamos al olvido aquellas historias personales que no queremos o no sabemos cómo clasificarlas. Somos biblioteca porque cada uno de nosotros tenemos una historia que contar. Solo necesitamos encontrar al lector adecuado.

Las bibliotecas ya no son solo colecciones de libros dispuestos de una determinada manera. No son espacios inamovibles, opacos y silenciosos. Son lugares donde se encuentran parte de los saberes y en donde los usuarios pueden acceder a diferentes espacios —físicos o virtuales—, conectarse y encontrarse con otros usuarios. En definitiva, utilizar los recursos de los que disponemos para ser mejores personas.

José García Marrero, en un estudio encargado por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, sobre las Bibliotecas Escolares, nos planteaba un presente desalentador pero un futuro cargado de esperanza. España, y Canarias, no dispone de un servicio articulado de las Bibliotecas Escolares. El autor expresa que vivimos «una situación delicada», pero también añade que «la llama por el uso de las bibliotecas en los centros se mantiene viva en muchos lugares. En todo el territorio insular y peninsular encontramos bibliotecas escolares activas trabajando con escasos apoyos y coberturas, regentadas por profesionales con mucha ilusión, escasa formación, vehemente determinación y excelente desempeño. A pesar de lo dicho, las bibliotecas escolares tienen futuro. Las bibliotecas de institutos y escuelas son entornos de enseñanza y aprendizaje relevantes que pueden liderar programas e intervenciones para mejorar y aportar valor añadido al quehacer de la organización escolar y de la institución educativa en una sociedad con una red compleja».

Las Bibliotecas iban a desaparecer, como la radio. Y no solo no lo han hecho, sino que se han transformado en espacios muy dinámicos donde el libro, sea en el formato que sea, ha saltado de las estanterías. Muchas bibliotecas forman parte del desarrollo cultural de su entorno, posibilitando encuentros de diversas y varias disciplinas. Otras se han lanzado a crear un repositorio digital de extraordinario valor para el futuro. ¿Y las Bibliotecas Escolares?

Como maestro me gustaría que las Bibliotecas Escolares dejaran de serlo y se convirtieran en «Bibliotecas Escolares y Centros de Recursos para el Aprendizaje». Espacios donde la comunidad educativa pueda encontrarse. Pero también lugares que sirvan para compensar las desigualdades en cualquier ámbito en el acceso a los bienes educativos y culturales. Las «Bibliotecas Escolares y Centros de Recursos para el Aprendizaje», tienen que garantizar que se posibiliten experiencias en el ámbito de la lectura, investigación, búsqueda documental, la lectura literaria y el uso del libro —en cualquiera de sus formatos—, desarrollando las competencias del alumnado como lectores y escritores.

Muchos alumnos y alumnas se encuentran por primera vez en las bibliotecas escolares Canarias, gracias a los docentes y a los proyectos que se desarrollan, con la voz de Pepa Aurora, Cecilia Domínguez, Lola Suárez, Ernesto Rodríguez Abad, Isabel Medina, Elizabeth López, Joaquín Nieto, Carlos González Sosa, Juan Carlos Saavedra… Y vuelven a descubrir, también, la de Pérez Galdós, Mercedes Pinto, Tomás Morales, Saulo Torón, Elsa López, Josefina de la Torre, Alonso Quesada… ¿Qué hubiese ocurrido si en nuestras bibliotecas de nuestros centros escolares no hubiese existido un espacio reservado para nuestra literatura?

Nosotros, los docentes, no podemos hacerlo solos. Necesitamos ayuda, apoyo y cercanía. Muchos nos levantamos todas las mañanas y decimos «voy a mi colegio», «voy a mi instituto» … Hablamos de «mi aula», «mi grupo», «mi alumnado». Me haría mucha ilusión, y significaría que todo el esfuerzo ha valido la pena, si como mínimo el alumnado también dijera «mi biblioteca» y no «la biblioteca». Y utilizara el posesivo con orgullo, como algo propio, como algo que nos pertenece.

Yo sé que todo esto puede parecer un sueño, pero, al fin y al cabo, los sueños forman parte de nuestro trabajo.

29 sept 2023

No es lo mismo tirar…

A lo mejor, se tomaron en serio la frase que Cervantes puso en boca de don Quijote: «Y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro».

Hace unos días me enviaron unas imágenes que han estado circulando por grupos de una conocida aplicación de mensajería. Yo no he querido publicar la imagen donde aparece el nombre del colegio.

Es normal que cualquier biblioteca realice un expurgo de sus fondos. Pero todo procedimiento tiene unos criterios, sobre todo si esos fondos son adquiridos con dinero público.

La ignorancia, el desconocimiento, la falta de formación o la osadía, hace, además, que se puedan cometer errores. Hace unos años pude rescatar los dos ejemplares de Julio Camarera, «Cuentos de los siete vientos», porque un iluminado modernista de la educación supuso que no tenía ningún valor. Quizás no le gustó la portada o no encontró la manera de conectarlo a la red wifi.

Los libros que yo he escrito y he podido identificar en esas cajas no tienen ningún valor literario. Pero, ¿ocurre lo mismo, por ejemplo, con «La lagartija escurridiza», de Pepa Aurora? ¿Saben que Pepa Aurora es una de las autoras de literatura infantil canaria más leída en los países americanos?

A mí, como a muchos compañeros, esos libros nos hubiese venido muy bien. Yo les hubiese dado una segunda, tercera y tantas vidas como los gatos de los cuentos. Los hubiera utilizado para que mis alumnos y alumnas leyesen; hubieran servido como biblioteca de aula; los hubiese regalado en el edificio en donde vivo (en ocasiones dejo algún libro en las puertas de las casas donde sé que viven niños).

Y si aun así, si deciden tirarlos, por lo menos meterlos en un contenedor de papel; regalarlos a las tiendas de segunda mano o a alguna organización solidaria; o donarlos a colectivos vecinales o simplemente coger un teléfono —igual que lo han hecho tantas veces para que vaya a realizar actividades con las familias o el alumnado— y ofrecérmelos.

Pienso en las horas que ha dedicado las compañeras en los cursos anteriores a la biblioteca del centro, en las reuniones de coordinación y los momentos de formación. Ese tiempo, nos guste o no, también es un tiempo de todos. Quizás sea verdad que los docentes andamos sin rumbo ni dirección, buscando un lugar propio y no un espacio común.

Estoy triste.

La cultura se crea, se protege y se transforma.

No se tira.

 

3 abr 2022

Juan Carlos Alonso, un director con conciencia.

Juan Carlos es un romántico de la educación, un idealista que no tiene reparo en utilizar términos como «amor», «transformación», «alma», «lágrimas» … cuando habla de su centro.

Tiene claro que las personas están en el centro de su acción educativa y que el amor es el impulso de las acciones que realmente transforma. También, que el profesorado es el camino, la vía y el ejemplo para conseguir los objetivos propuestos. Echa en falta que los principios, que son la base de los proyectos educativos, se hayan diluido en el «hacer» olvidándonos del «ser».

Alonso piensa «que nos hemos olvidado de la esencia». Para él es importante saber «qué tipo de ciudadanos queremos formar, a dónde queremos llegar con el alumnado y eso parece que se ha diluido, que ya no es importante, ahora lo que importa es hacer cosas…».

En ocasiones expresó que, en muchos centros, los docentes se comportan como islas y no como archipiélagos. Cada aula es un espacio único, pero en un centro educativo es, además, un lugar común. Por eso, es necesario el consenso de los valores educativos entre los maestros y maestras: «porque realmente esos valores son las raíces de nuestro árbol (…), y con lo mejor de nosotros mismos nutrir esas raíces, esos valores, y poder llegar una visión compartida de la escuela».

El centro escolar no es sólo el lugar donde los niños van a aprender. Alonso considera que también aprende el profesorado, aprenden las familias, aprende el personal administrativo y de servicios… «Y si nosotros tuviéramos esa conciencia», añade, «a lo mejor estaríamos hablando del cambio de la escuela». Sabe de la importancia de la pasión, pero también reconoce la importancia de la formación, de la perseverancia, de la serenidad y del diálogo para trazar un camino común.

Hablar con Juan Carlos es como abrir las compuertas de una presa: el agua mueve las turbinas, aparece la energía, la luz, la emoción, la vida, la pasión y la calma. Aquí te dejo el podcast:

Andy Marrero: oxígeno puro

Artículo publicado en el www.diariodegrancanaria.com


A grosso modo, las cámaras hiperbáricas sirven para llevar el oxígeno a todos los tejidos del organismo, mejorando así la circulación y por lo tanto ayudando a nuestras células a regenerarse.

Entrar en el CEIP en Arucas te crea una sensación parecida. Es un espacio dinámico, donde están sucediendo diferentes cosas a la vez; un lugar intenso y definido, un sistema que lleva el aprendizaje a todos los tejidos del centro y regenera a la comunidad entera.

Hay centros donde cada rincón o cada aula es una isla. Y otros, como sucede en el CEIP en Arucas, donde las islas conforman un archipiélago:  cada elemento es independiente, pero están comunicados unos con otros creando sinergias que impulsan la vida, que llevan el oxígeno a todo el sistema.

El corazón es el motor. El cerebro pone la intención. No sé bien en cuál de estos niveles interviene Andy Marrero, su directora. Tiene la capacidad de buscar soluciones nuevas a los problemas de siempre y creo que es eso lo que se le pide a alguien que ejerce el liderazgo educativo: tener capacidad de análisis y reflexión, ajustar las propuestas a los recursos disponibles para no crear falsas expectativas y disponer los elementos para que todos los componentes del equipo den lo mejor de sí mismo.

En ocasiones, los responsables de los centros tienden a sentirse dueños del espacio educativo que han elegido gestionar. Con el tiempo incluso, van ajustando los objetivos colectivos a sus necesidades personales, convirtiendo todo en un «proceso de adaptación» y no en un «proceso de evolución». Para estos directores y directoras sería aconsejable unas sesiones de «oxigenoterapia hiperbárica educativa».

Cuando escuchas a Andy Marrero descubres que, siendo consciente de la impronta que su personalidad ha tenido y está teniendo en el centro, se coloca de perfil, desviando toda la atención a la capacidad y la fuerza del cambio que provocan las acciones de sus compañeros y compañeras. Es un estilo educativo lleno de vida y exigente, porque sabe que el aprendizaje implica movimiento: un corazón que late y tiñe de ilusión lo que le rodea y un cerebro que impulsa y te hace mejor a su lado.

Así es Andy Marrero, oxígeno puro.

¿Quieres respirar su aire? Escucha la entrevista que le hicimos:

17 mar 2022

Tatiana González, la tejedora de redes

Esta sección que retomamos se nutre de las conversaciones que mantenemos con cada uno de ellos y que ponemos a disposición de todos ustedes para que puedan leerlo y escucharlo. El podcast se sigue titulando de la misma manera: «Educamos Juntos», porque creemos firmemente que somos mejores si compartimos los proyectos y nuestras ideas son más grandes y efectivas cuando crecen al amparo del trabajo en equipo.

Están impulsados por la Fundación Lidia García, que trabaja con el objeto de poner a diferentes generaciones a trabajar juntos. Por eso nos parecía oportuno empezar esta nueva serie con Tatiana González Robaina.

Ella es trabajadora social. Yo siempre he creído en la educación que llamamos no formal, la que sucede fuera de los ámbitos institucionales, es esencial, porque proporciona espacios de desarrollos más libres.

La conversación se deslizaba con el murmullo de los niños y niñas de la Escuela Infantil Mafalda, en la recta de los Tarahales.

Tiene un trabajo maravilloso. Es hilandera. Crea redes entre las personas para que unos con otros sean mejores y se sientan protagonistas de su propia historia.

Su trabajo se centra en las personas. Lo tiene claro: «Tenemos que partir de las personas, de su ritmo, de sus peculiaridades, de sus necesidades, porque si no, no podemos construir nada, no podemos venir con nuestra cartera de servicio, si no escuchamos y no partimos desde el propio individuo entonces hay que darles valor a las personas, pero siempre trabajando en pro de construir redes».

En cualquier taller de costura se realizan puntos de remate para que las piezas queden bien unidas y sean resistentes. En nuestro trabajo, esos pespuntes somos nosotros, los educadores. Tatiana González representa a los que seguimos creyendo que, por encima de cualquier estructura formal o no, la persona es el centro de nuestras acciones.

Te invito a escuchar la entrevista completa, con la que iniciamos, como comenté antes, esta nueva temporada, donde los educadores son sus protagonistas.

 

26 mar 2021

«Unus pro omnibus, omnes pro uno», con Nicolás Tejera

Nicolás Tejera es un docente entusiasta, con capacidad de observación, sasisfecho de su trabajo, pero consciente de lo que aún le queda por aportar. Presume de ir feliz todos los días al centro, quizás por eso, sucede lo que sucede en el CEIP Los Tarahales.

Aunque el lema lo popularizó Alejandro Dumas en su novela «Los tres mosqueteros», ha resumido durante siglos los sentimientos y emociones de muchos grupos, comunidades e incluso países: es uno de los lemas nacionales de Suiza. Buscando una frase que pudiera resumir el diálogo con Nicolás Tejera, director del CEIP Los Tarahales, no encontré otra mejor que fuese: «Uno para todos, todos para uno».

Uno de los grandes retos de la educación es ofrecer estándares comunes que desarrollen todas las potencialidades del alumnado, pero también proporcionar una educación individualizada, con el fin compensar o prevenir las dificultades que puedan presentar los individuos a lo largo de su desarrollo.

Para Nicolás, una de las peculiaridades de su centro es la variedad de sus alumnos y alumnas, que provienen de diferentes entornos urbanos y rurales, produciéndose una mezcla de culturas que provocan una riqueza enorme.

«Valorando, escuchando y adaptándonos a las peticiones de nuestro alumnado y de nuestras familias» es una de las claves, según Tejera, para aprender «de las dificultades y de las potencialidades de cada uno».

El alumnado debe ser partícipe del cambio, porque deben «modificar aquello que nos les guste»; la colaboración con las entidades sociales, económicas y culturales del entorno son fundamentales para la formación del alumnado y «les preparamos para que ellos conozcan lo que está pasando en la sociedad», con espíritu crítico.

Las familias también son un pilar esencial en la construcción del proyecto educativo del CEIP Los Tarahales, con una asociación de madres y padres fuerte, para que todos sean parte activa, para que ellos crean «que pueden cambiar esta sociedad».

Uno de los proyectos de esta escuela pública, que vienen desarrollando con éxito desde hace algunos años, es la enseñanza de la lengua inglesa, participando en diversos proyectos europeos, con otros colegios del continente.

No te pierdas esta interesante entrevista y escúchala completa en este enlace: https://www.spreaker.com/user/13677979/nicolas-tejera

13 mar 2021

CEIP Los Altos: la escuela más grande por dentro que por fuera

Las escuelas rurales toman protagonismo y Ángel Luis Bombín, director del CEIP Los Altos, nos habla de la escuela del barrio de La Milagrosa; un colegio que es más grande por dentro que por fuera. ¡Escucha la entrevista completa en el enlace que encontrarás en este artículo!

Los procesos de gentrificación que suceden en las grandes ciudades, la reflexión sobre nuestros modelos de vida y la búsqueda de espacios más placenteros y tranquilos, están provocando que, de nuevo, miremos a las escuelas rurales.

La escuela, en estos entornos, se convierte en el centro social del pueblo. Son clases por la mañana y un lugar de reunión por la tarde o en un taller de música para los mayores.

Ángel nos comenta que siente que «no solo trabaja, sino que vive en la escuela» y que «ha ganado calidad de vida». Se siente inmerso en las bondades naturales de la isla, más cerca de la madre Tierra y, por lo tanto, de su alumnado.

Trabajar en una escuela rural no implica estar más desconectado o alejado, sino más bien todo lo contrario. Los sentidos se agudizan y por lo tanto se está más atento a los pequeños detalles del entorno social, natural y personal.

Ángel apunta que una de las ventajas de trabajar y de estudiar en estas escuelas es que se crea un vínculo y una conexión de toda la comunidad educativa más intensa: «He trabajado en muchos centros y la gran diferencia se ve sobre todo en la cercanía que tenemos con las familias y que las familias tienen con nosotros».

«Al ser menos gente, también somos más equipo. Estamos también más pendiente de la parte más personal de los compañeros».

Los centros rurales dan al alumnado la oportunidad de estar mucho más en contacto con la naturaleza, comprender y entender los ciclos de la vida y de conocer con viveza lo que ocurre en el ecosistema más próximo.

Un centro rural es un gran aula en el exterior y ayuda a sentir mucho más de cerca procesos que otros aprenden a través de imágenes o un texto en un libro.

«De todos aprendemos y al ser menos alumnos, más vas a aprender», comenta Ángel emocionado.

Proteger la diversidad es un deber de todos. En ocasiones se han menospreciado las escuelas unitarias y rurales, considerándolas «incompletas», pero son una oportunidad para evitar la despoblación de muchas zonas de nuestras islas y proteger la identidad y los valores etnográficos y culturales de un lugar, que muchos casos son únicos e irremplazables.

Para los docentes es, sin duda, una ocasión para recuperar la esencia de lo que significa ser y sentirse maestro.

Puedes escuchar la entrevista completa:

Artículo publicado en el Diario de Gran Canaria.

 

25 oct 2020

Setecientos noventa y nueve alumnos


Te conocí en la Unidad de Cuidados Intensivos. Nos separaban unos metros y una mampara. No te vi. Tampoco yo estaba en condiciones de incorporarme: miraba al techo y te escuchaba. Si no te importa, te voy a llamar Lucía.

Durante una semana estuve oyendo tus lamentaciones que, a modo de contrapunto, acompañaban la melodía inquietante de una orquesta formada por monitores cardiovasculares, medidores de oxígeno, drenajes, sondas pleurales y respiradores. De vez en cuando, en el estribillo de la noche, el goteo de un suero, marcaba el pulso.

Tu voz, Lucía, era firme y radiante. Me sorprendió, mostrabas una energía inusual a pesar de tu edad y de tu estado. En el tiempo en que estuve consciente, no recibiste visitas. Solo el dolor y tus súplicas, pidiendo medicación o algo que beber, resquebrajaban el tono afanado que mostraste en otras ocasiones. Quizás, simplemente, necesitabas acabar con tanta soledad. Te escuché cuando comentaste «no me queda nadie».

Lucía, me contaste que te habías jubilado hacía más de treinta años. Que habías sido maestra; «de las primeras de Educación Infantil», recalcaste. Que no quisiste jubilarte a los sesenta, aunque tenías suficientes cursos de servicio. Que apuraste hasta el final: más de cuarenta años en un aula, dijiste.

Yo hice un cálculo rápido: como mínimo, ochocientos niños y niñas aprendieron contigo.

Yo no te lo quise decir en ese momento, no me parecía lo más apropiado y tampoco soy de los valientes, —ya me empiezas a conocer—, pero aquella sinfonía olía a réquiem y sonaba a gladiolos y claveles. Uno aprende a descifrar los murmullos y miradas del personal sanitario. Y la letra de aquella canción ya estaba escrita y te la dedicaban a ti.

Desde que te dejé en aquel hospital, he querido dibujar tú rostro, Lucía. Te he imaginado en el aula, corriendo detrás de algún alumno y preguntándote al final de cada curso que qué habías hecho para merecerte tanto.

Nadie que no quiera merece morir sola. Y tú no querías. Así que deseo pensar que un chiquillo, de esos ochocientos, te acompañó hasta el último momento, tomando tu mano con decisión, pero sin ejercer ninguna presión, igual que hiciste tú, hace treinta y ocho años atrás, el día que él fue por primera vez al cole, llorando desconsoladamente.

Ya te habrás dado cuenta que aquí nos olvidamos pronto de las heroínas: las enterramos a aplausos. Así que tampoco te preocupes. Todo se andará.

¿Sabes por qué te llamo Lucía? Porque significa dos cosas: «luz» y también «la que nació con la primera luz del día». Ambas acepciones me parecen más que adecuadas, dadas las circunstancias que estamos viviendo. Tú has sido luz y sigues naciendo, con la primera luz del día, cada vez que Mapi, Érika, Alicia, Yazmina, Luli, Rosi, Juana, Mª Nieves, Ana, Verónica, Fátima, Laura, Arminda, Orbe, Mónica, Noelia, Raquel, Rosa Delia, Luz Marina, Inma, Sandra, Lourdes, Hau, Mª del Mar, Marifa, Mayte o Ana, abren la puerta de su aula y reciben con una sonrisa a setecientos noventa y nueve alumnos y alumnas.

Seguro que ellas, también como yo, creen que nadie que no quiera merece morir sola.

 


Imagen de cabecera por William Krause on Unsplash

 

24 oct 2020

«El Tayero» de Pepa Aurora


Según la Academia Canaria de la Lengua, el «mueble u obra de mampostería donde se coloca la talla o el bernegal y generalmente una piedra para destilar el agua», es un tallero. (El «Gran Diccionario del Habla Canaria», de Alfonso ÓShanahan, publicado en 1995 por el Gobierno de Canarias y el C.C.P.C., recoge la acepción «tayero», con y).

En 1987, Pepa Aurora publicaba, coordinaba y escribía el proyecto «El Tayero» con el objetivo, entre otros, de «cultivar la estética del lenguaje» y «acercar al niño —y a la niña—, a su entorno más cercano».

Hace unos días la autora de Gran Canaria, la mujer del sur, la que jugó con las lagartijas en el barranco, la que narró historias de coquitos en Ingenio, la que vivió con las ardillas en Fuerteventura, la hacendosa recuperadora de leyendas y relatos, la que cuenta cuentos y su voz te deja lelo, la que me llamó «chinijo» y me hizo sonreír, la maestra, recibe el premio del Cabildo Insular, con el «Can de Plata a las Artes».

El reconocimiento merecido y tardío a Pepa Aurora es el reconocimiento a la literatura que leen los niños y las niñas que se escribe y edita en Canarias. Es la valoración de la literatura con mayúsculas, producida con sentido y belleza, con delicadeza y pasión, con esfuerzo y dedicación, con cuidado y esmero.

Para escribir literatura infantil y juvenil hay que ser muy honesta con una misma. Y Pepa Aurora lo es cada vez que defiende su habla, su manera de entender la vida y la cultura como espacio de encuentro y transformación y de la educación como medio para llegar al encuentro con la vida.

El tayero destila el agua para que pueda ser consumida. Es lo que nos ha sucedido a muchos de los lectores de los libros de Pepa Aurora: todo queda más claro después, cuando el alma rezuma las páginas de un libro y nace la literatura.

Gracias Pepa.

18 oct 2020

El peligro de comprar libros a tus hijos

A muchos padres y madres les entran unas ganas irrefutables de realizar actividades nuevas con sus hijos e hijas, como por ejemplo llevarle a comprar un libro. Llegado el caso, si culmina la idea, no lo haga de golpe, pues su hijo creerá que está realmente enfermo. Puede aducir lo que desee, pero de verdad, tómeselo con calma.

Primero. Explíquele a su hijo lo que van a hacer. Básicamente se trata de entregar una cantidad de dinero por un objeto realizado con una amasijo de fibras vegetales prensadas, en las que se han podido imprimir dibujos (utilizar el término «ilustraciones» en un primer momento puede ser origen de un shock con severas consecuencias en la adultez de su progenitor) o muchas letras combinadas que, en ocasiones, en muchas más de las que se pueda imaginar, tiene un cierto sentido y nos narra un hecho real o ficticio.

Segundo. No se le ocurra decir expresiones del tipo «el libro es un objeto caro» o «papi y mami se van a gastar mucho dinero». Su vástago podría entrar en conflicto si compara el precio de un libro con lo que usted gastó en el último partido de liga o en probar la última hamburguesa de vaca engordada a base de polietileno, PVC, piensos de materia orgánica sin especificar y hormonas.

Tercero. Cuéntele a su descendiente que el objeto en cuestión requiere tiempo. Que no hay que mojarlo para que crezca de tamaño, ni conectarlo a ningún dispositivo, ni se maneja con un mando, ni se acciona con un dispositivo oculto en algunas de sus páginas. Cuéntele que hay que sentarse, que ya eso requiere un esfuerzo. Cuéntele que puede hacerlo sólo. Cuéntele que no precisa de instrucciones previas ni argumentos extravagantes ni asambleas de padres ni de una tutoría especial. Cuéntele que es así, simple.

Cuarto. Indíquele a su retoño que puede cerrarlo y abrirlo cuanto desee. No se preocupe, él no deducirá esta advertencia como una actitud libertina ni despreocupada por su parte; usted seguirá ejerciendo la responsabilidad que, como padre, le ha sido otorgada. Su retoño no pensará que lo abandona a su suerte. No creerá que nadie le dará las buenas noches ese día. Explíquele que, incluso, puede dejar de utilizarlo en un momento determinado. Usted tranquilo, él no entenderá esta posibilidad de decisión personal como una puerta abierta al pillaje, terrorismo o consumo de sustancias estupefacientes.

Quinto. Adviértale a su heredero que puede escoger el que quiera entre muchos.Que las librerías no son como los conos de papas, que aunque sean todas diferentes saben siempre igual. Y usted descuide, la posibilidad de elegir no va a afectarle a su sistema reproductor.

Sexto. Leer tiene efectos secundarios. Se han descrito degeneraciones importantes en el sistema límbico de los lectores, produciendo alteraciones que conducen a los sujetos hacia emociones placenteras como la alegría, el altruismo o la generosidad. Además, ocasiona un efecto muy peligroso contra el que no se conoce remedio alguno: la ilusión, que es la capacidad de dirigir los sentidos hacia nuestros anhelos más profundos.

Así que ya sabe padre, madre o tutor, hay actividades que pueden ser perjudiciales y debemos saber qué riesgo asumimos.

Dicho queda.

 


Imagen de cabecera de Annie Spratt on Unsplash

7 oct 2020

Querida maestra


Artículo de opinión publicado en el Diario de Gran Canaria

La nota llegó diez años después de que dejara de ser su alumno. La acompañaba con un sencillo ramo de flores y una caja de frutas. Nunca esperó nada. Es verdad que sonrió cuando la leyó y su corazón le dio un pequeño vuelco. Pero nadie se dio cuenta. “Gracias por haber sido mi maestra”, susurró tímidamente.

En unos días muchos docentes recibirán a los alumnos y alumnas de la misma manera, sin esperar ninguna nota. No solo es un trabajo, también es una manera de entender la vida, de entender las relaciones, de comprender el mundo, de analizar todo que nos rodea y ponerle un nombre para que otros lo puedan comprender.

Es una gran responsabilidad porque sabemos lo que nos jugamos todos. Por eso nos duele tanto que muchos responsables de las políticas educativas nos traten con tanto desprecio. ¿Se acuerdan del juego “¡Huevo, araña, puño, caña!”? Tengo la sensación de que en el equipo de abajo siempre estamos los mismos, esperando y viendo caer la que se nos viene encima.

Me he imagino escribiéndole una carta a mi maestro. Me lo he imaginado colocándose las gafas de cerca y balbuceando cada una de mis palabras.

Creo que le daría las gracias por el tiempo que me dedicó, por lo valiente que tuvo que ser para contarle a mis padres lo que él creía y pensaba de mí. Le agradecería aquellas palabras que no entendí pero que con el tiempo cobraron sentido, las horas de trabajo que no vi, los exámenes de conciencia, las reflexiones profundas antes de tomar una decisión, los momentos buscando recursos y las lágrimas que en silencio derramó, porque le pudo la frustración.

Le daría las gracias por aquella canción que me hizo copiar. O por las interminables caligrafías y hojas repletas de operaciones. También por los chistes que contaba.

Ahora con el tiempo me he dado cuenta que se dejaba engañar, que en ocasiones miraba para el otro lado, que nos dejó equivocarnos, caernos y resolver entre nosotros las diferencias. Me di cuenta que siempre supo donde me escondí aquel recreo y que conocía al que rompió el libro que tenía unas fotografías de un hombre y una mujer desnudos. Quizás bastaría con darle las gracias por haber elegido la profesión que eligió.

No lo sé, la verdad.

10 ago 2016

Susurrando con Daniel Pennac. Derecho número 9: El derecho a leer en voz alta.

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Susurrando con Daniel Pennac.
Los derechos imprescindibles del lector.
Pennac, D. & Jordá, J. (1993). Como una novela. Barcelona: Anagrama.
Derecho número 9: El derecho a leer en voz alta.

“Las palabras pronunciadas comenzaban a existir fuera de mí, vivían realmente. Y, además, me parecía que era un acto de amor. Que era el amor mismo. Siempre he tenido la impresión de que el amor al libro pasa por el amor a secas. Acostaba mis muñecas en mi cama, en mi sitio, y yo les leía. A veces me dormía a sus pies, sobre la alfombra.” Pennac, D. & Jordá, J. (1993). Como una novela (página 158-159). Barcelona: Anagrama.

Hace poco iba en una guagua. Me gusta este medio de transporte: aprendo tanto. Es como un pequeño universo, en movimiento continuo. Había un sitio libre; estaba al lado de una mujer de mediana edad. Estaba hablando por teléfono en voz alta. Lo hacía con su ex-pareja.

Le explicaba que no iba a llamarlo todos los días, que así no se acostumbraría a la separación. También le contó que su hijo, el mayor de cuatro, se había ido de la casa. Que a ella le daba igual. Que se la sudaba. Que ella solo le cobraba 300€ por la habitación y que además le lavaba, le planchaba, le procuraba una comida caliente al día y le daba algo de amor de madre cuando regresaba de hacer las casa del día. Pero que había decidido irse tres bloques más arriba por 400€. Le advirtió que no viniera con el tuper a buscar comida. Si se iba, lo hacía con todas las consecuencias. Que ya era mayorcito. Al final, menos trabajo, que llegaba con la espalda baldaa como para encima estar atendiendo al gandul ese… Que sabía que era su hijo, pero que estaba cansada, harta y con los ovarios hinchados como peras. Que había dejado de ser la criada en su casa, que ya lo era en la de otros.

De esta manera todos nos enteramos de la historia familiar de la mujer en la línea 17 un lunes por la mañana. Una vez que la mujer colgó y reinó el murmullo habitual del motor de la guagua, yo saqué mi libro y me puse a leer en voz alta. Si todos podemos escuchar una conversación, ¿porqué no un extracto de mi libro?

«Señor, por favor, ¿quisiera usted bajar la voz?». ¡Y solo iba por la tercera línea! Este mundo está mal repartido, ¿no creen?

palabrasLeer en voz alta es como ilustrar, con las palabras en el aire, la vida. “¿Ya no tenemos derecho a meternos las palabras en la boca antes de clavárnoslas en la cabeza?”, pregunta Daniel Pennac. Y sí, si lo tenemos. Pero esa absurda idea modernista del silencio absoluto para leer, de enterrar la voz y los gestos, está acabando con la lectura en voz alta, y por lo tanto, con el sentido de muchos vocablos.

Yo, por ejemplo, necesito escuchar lo que escribo; necesito que las palabras resuenen y vibren. Tengo que testar si son capaces de moverse de un lugar a otro, de romper la velocidad de la luz o por el contrario, si son modosas y debo eliminarlas. ¿No te ocurre lo mismo? ¿No deseas saber como tus huesecillos vibran cuando entran en contacto con tus palabras, con tu voz?

Si dejamos de leer en voz alta, perdemos:

  • dicción
  • fluidez
  • ritmo
  • emotividad
  • coherencia
  • volumen
  • claridad
  • gesticulación
  • modulación
  • intensidad

¿No te parece demasiado alto el precio por el silencio continuo?

¿Cómo suenan las palabras “silla”, “columpio”, “viento”, “rompeolas”, “más”, en voz alta?