21 ene 2021

El cementerio de los likes



La tercera temporada de la serie inglesa Black Mirror, se estrena con un capítulo «Nosedive», «Caída en picado» en España. Una joven se obsesiona con la popularidad en las redes sociales y emprende un viaje que no acabará como esperaba. ¿Distopía? ¿Realidad? ¿Obsolescencia cultural programada?

Hace unos meses, la Editorial Espasa tuvo que, según diversos medios, desmentir que el ganador del «III premio EspasaEsPoesía», fuese un robot. El comunicado que emitió la editorial, según cita El País, expone que los versos de Rafael Cabaliere tiene «un tinte juvenil y motivador, fresco y urbano, con cientos de miles de seguidores». 

No conozco al autor y por supuesto no tengo criterios para valorar el trabajo por el que fue premiado, pero que uno de los principios esgrimidos por la editorial fuese, «miles de seguidores», me revolvió y provocó una reflexión que me gustaría compartir con ustedes. 

El Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, publicaba en su página web las bases del concurso «Certamen de canción de Jóvenes Studio Edition». En las mismas se podía leer: «El sistema de votación se efectuará a través de LIKES en los vídeos de participación de los/as participantes. (…) La decisión de los ganadores/as de la Gran Final quedará en manos del público».

Yo también tuve una experiencia personal con los likes. Un grupo editorial, después de leer mi manuscrito, me solicitaron, textualmente, «un informe de sus redes sociales». Surge el dilema. ¿Si mi texto hubiese sido pésimo pero mis redes sociales hubiesen rebozado seguidores, el dictamen de los editores hubiese sido otro?

Son solo ejemplos, pero seguro que ustedes conocen otros tantos. El mercantilismo de la creatividad está preso por los caprichos digitales y la capacidad de los creadores para llamar la atención en los laberintos digitales.

Entiendo que, al amparo de las grandes empresas de comunicación, se pongan en marcha mecanismo que provoquen que el público sienta que participa escribiendo el guión y tomando decisiones como treta publicitaria.

Pero deberíamos de saberlo, ¿no? Deberían de incluir algún aviso, por ejemplo: «Este certamen no valora la calidad del producto, sino la cantidad de seguidores».

Sin desmerecer a los ganadores de los certámenes, me pregunto si este tipo de votaciones responden a la valoración de un trabajo creativo, serio, diferente, motivador, transgresor y con criterios o busca engrandecer a las entidades convocante.

Por cierto, no se olviden de darle a «me gusta» a este artículo.

Montaje de Daniel Martín Castellano sobre fotografía de Fey Marin en Unsplash

13 ene 2021

Mantente informado...



Mañana publicamos un nuevo PodCast «La mosca». Y a lo largo de la semana nueva entrega para el proyecto «Marta, la cazadora de silbos», con un nuevo recursos, esta vez un álbum ilustrado y algunas pistas de como trabajarlo en el aula. Y alguna que otra sorpresa…

Uno de los proyectos de este año es el canal de TELEGRAM, con el fin de mantenerte informado de todo lo que vamos publicando y de noticias relacionadas con las LIJ, la narración oral y recursos para el aula. Para suscribirte… https://t.me/lij_animalec

1 ene 2021

El gran fuego.

El gran fuego

Editorial: Bilenio publicaciones

Dimensiones: 14 x 19 cm
ISBN: 978-84-121229-8-5
Páginas: 120 páginas
Edición: 2020
PVP: 9,50 €

Categoría: Novela infantil
A partir de 10 años

Comprar libro:

El gran fuego

Autor: Daniel Martín Castellano
Ilustradora: Dácil Velázquez Padrón

Sinopsis: El libro cuenta las vivencias de los seres vivos que vivieron en Tamadaba en el último gran incendio que asoló esa parte de la isla de Gran Canaria. Cómo cambiaron sus vidas, su rutina y los preparativos de su fiesta de primavera cuando el fuego llegó al Tagoror donde se reunían.
El libro también es un homenaje a la música que ha acompañado al autor a lo largo de su vida.
Valores: La amistad, la ayuda mutua, la familia y comprender que no somos más que ningún otro ser vivo, que todos formamos parte de un todo.
Recursos: 

 

 

31 dic 2020

No quiero olvidarme de la esperanza

No quiero olvidarme de este año de nada.

No quiero olvidarme de todo lo que me han enseñado y de las personas que lo han hecho posible. Porque siempre, detrás estás tú, con tu mochila, más o menos cargada, con tu presencia.

No quiero olvidarme del esfuerzo de tantos profesionales que han dado incluso lo que o tenían para que hoy estemos compartiendo. Tu lucha ha valido la pena.

No quiero olvidarme de los poetas, ni de los músicos, ni de los que el arte es su lenguaje, porque gracias a ellos tenemos miles de excusas para seguirnos encontrando. Tu creatividad me impulsa.

No quiero olvidarme de las oportunidades, porque siempre es posible.

No quiero olvidarme de los mensajes que no contesté y del esfuerzo que te supuso escribirlos. Me acompañaron y mi hicieron sentirme un poco más cerca. Tus deseos llegaron.

No quiero olvidarme de los más de cincuenta mil muertos ni los que anónimamente nos han dejado. Tú eres algo más que un número en la fría estadística.

No quiero olvidarme del silencio que todo lo cura, de la soledad necesaria para saber qué quiero y cómo.

No quiero pensar que todo lo pasado fue mejor o que vendrán mejores días. Quiero seguir viviendo la intensidad el momento, del ahora, que nos regala la vida.

No quiero olvidarme de ti, que siempre me acompañas. Gracias.

No quiero olvidarme de la esperanza.

No quiero olvidarme de este año de nada, soy maestro.
Los maestros no olvidamos, aprendemos.

 

Epílogo:

Una canción: Zamba del olvido, de Jorge Drexler.

Un poema: Donde habite el olvido, de Luis Cernuda.

Una novela: Ensayo sobre la ceguera, José Saramago.

Un libro de poemas: Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda.

Una escultura: El mirador de la memoria, de Francisco Cedenilla Carrasco.

Un cuadro: Manuel, de Miguel Aguirre.

13 dic 2020

Mi nuevo libro: «El gran fuego»

No se imaginan la emoción que se siente. Aquí está mi nuevo libro: «El gran fuego». Un libro para todos aquellos que creen que formamos parte del mismo bosque y que estamos unidos por raíces invisibles que nos hacen sentirnos uno solo. Cuando una parte del bosque se quema, sufrimos todos. Cuando una parte del bosque reverdece, todos nacemos de nuevo.

El gran fuego está basado en el último gran incendio que asoló la isla de Gran Canaria. Es un libro que escribe a la vida y a la esperanza, a la música y a la amistad.

«El gran fuego» está ilustrado por Dácil Velázquez. Se me acaban los adjetivos, su trabajo está lleno de sensibilidad. Decir que está editado por Bilenio Publicaciones queda demasiado frío. Prefiero decir que dos amigos, Juan Carlos y Verónica, me han acompañado y guiado en el proceso.

GRACIAS a todos los lectores que siguen escuchando mis historias y a los que se acercan por primera vez por la confianza. 

¿Recorremos juntos el bosque de nuestras vidas con «El gran fuego»?

Más información del libro: recursos didácticos, guías de lecturas, etc.: https://elgranfuego.bilenio.com

 

Portada del «El gran fuego»

 

 

 

26 nov 2020

Cristales rotos en los centros educativos canarios

¿Han calculado cuántas horas pasan los niños y las niñas en una escuela? ¿Han calculado el tiempo que están en su habitación? ¿Deseamos que el dormitorio de nuestros hijos e hijas sea un lugar ordenado, limpio y que invite al juego, al sosiego y al descanso? Daniel Martín reflexiona sobre el estado de los colegios en Canarias


En la década de los 90 se publicó el libro «Arreglando Ventanas Rotas», por George L. Kelling y Catherine Coles, un tratado de sociología urbana. Entre otras premisas, los autores exponían que, en un edificio con una ventana rota, si la ventana no se repara, los vándalos tenderán a romper unas cuantas más. Finalmente, quizás hasta irrumpan en el edificio y, si está abandonado, es posible que lo ocupen ellos y que prendan fuego dentro. O si en una acera o una banqueta se acumula algo de basura, pronto más desperdicios se van amontonando; con el tiempo, la gente acaba dejando hasta bolsas de restos de restaurantes de comida rápida.

¿Está ocurriendo en nuestros centros escolares, donde miles de estudiantes de nuestras islas pasan muchas horas al día?

Los colegios dan pena; no se mantienen, se «parchean». No existe un plan de mantenimiento programado y mucho menos un plan de acción en los edificios escolares más vulnerables. Como en todo hay excepciones. Pero basta con visitar los centros. Es así de sencillo.

En los centros de Educación Primaria, son los directores y directoras de los colegios los que deben comunicar a los ayuntamientos cualquier anomalía o desperfecto que se produce en el recinto escolar y, en algunos casos, se les pide una evaluación previa, sin ser técnicos en la materia.

La realidad es que desde que han ido desapareciendo los empleados de los ayuntamientos en los centros escolares que guardaban y vigilaban el inmueble, y han sido sustituidos por agentes de seguridad, la situación estructural de los recintos ha ido a peor.

Posiblemente la solución no sea volver tampoco al punto de partida anterior, pero muchas de las UTE actuales que se encarga de los mantenimientos no llegan y no pueden con todo. En ocasiones, no se no soluciona el problema, sino que se pospone, por lo que se genera un gasto muchísimo mayor a la larga, que en ocasiones deben asumir otras administraciones. Aunque no debemos de olvidarnos: el dinero sale de los mismos bolsillos.

La voluntad política se plasma en los presupuestos, y si no son suficientes con los que actualmente tenemos, debemos aumentarlos.

Nuestros hijos e hijas se merecen estudiar en colegios dignos, en donde las ventanas se abran y cierren bien, donde las persianas funcionen, donde la electricidad no sea un problema, donde no existan humedades, donde las canchas drenen el agua cuando llueve, donde tengamos espacios polivalentes o donde el salón de actos, la biblioteca escolar o el aula de informática no sean un apaño.

Se hace necesario que las administraciones públicas, Ayuntamientos y Gobierno de Canarias, sean capaces de crear sinergias de colaboración y de establecer la coordinación necesaria para que los centros escolares canarios sean los mejores del Estado.

Además, hay espacios que necesitan un plan especial de mantenimiento por su vulnerabilidad, para una mejora conservación y por la riqueza arquitectónica que atesoran.

¿Superarían ahora mismo los centros educativos los controles actualizados en sus instalaciones eléctricas? ¿Se cumple la normativa en las medidas de seguridad y accesibilidad? ¿Qué estamos aprendiendo con la actual situación para corregir errores del pasado y aspirar a tener las mejores instalaciones posibles para nuestro alumnado?

Muchas ventanas rotas quedan aún por reparar.

«Jazz session», un relato de los tantos que componen las palabras para el camino

«Jazz session», un relato de los tantos que componen las palabras para el camino. Por el día de las bibliotecas.

 


Lía empezó a escuchar aquellos ruidos al comienzo de la temporada de lluvias. Así que no le extrañó el repentino crujir del edificio, que protestaba por cada cambio de estación. Inicialmente tampoco le llamó la atención que siempre se produjeran de noche, cuando solo se acostumbraba a oír el lejano y disonante chillido de las gaviotas, al que ya se había habituado hacía siete años, cuando llegó a la isla para trabajar en la biblioteca.

Oyó un afilado gemido y supo que estaban entrando en las salas de lecturas durante la noche. No lo hacían siempre. Las visitas se producían de manera ocasional. Eran dos, porque uno solo no bisbisea, a no ser que estuviera loco, y los tarados en esta isla se tiraban por el acantilado o morían ahogados, pero no entraban a hurtadillas en la única biblioteca del pueblo durante la noche.

Tampoco se atrevió a bajar. Le aterraba lo desconocido, un cuchillo de aire recorría su espalda y dibujaba sobre ella el miedo, que le paralizaba, como cuando me acompañaba a pescar: se le atrofiaban las palabras, se le helaba la lengua, se le encogía el pecho. Lo único que conseguía hacer, era cerrar la puerta por dentro y acurrucarse en la silla, con una manta por encima y una taza caliente de café entre sus manos.

Esa noche lo había preparado. En algunas zonas, los maderos del suelo, con el paso del tiempo y las continuas contracciones, se habían producido pequeñas grietas que le servirían de mirilla. Lo más que podía ocurrir era que se dieran cuenta de que ella los estaba observando. Nada malo le harían: ya lo habrían hecho antes. No faltaba ningún libro. Y todo permanecía igual a la mañana siguiente de como Lía lo había dejado la noche anterior. Así que colocó la alfombra de tal manera que pudiera tenderse sobre ella boca abajo, mirar por el agujero y silenciar sus movimientos.

Eran cerca de la una. Se había quedado dormida. Despertó de repente cuando escuchó como una ventana cedía. Ligeros pasos, murmullos y algunas risas cómplices. Una joven y un muchacho se colaban por el pasillo de la literatura infantil y juvenil.

Le quitó la gorra que dejó caer al suelo y le agarró el pelo; le echó la cabeza hacia atrás y comenzó a besarlo enfuresidamente hasta casi asfixiarlo. Cuando él emitió un quejido, ella separó sus labios y le permitió coger aire, mientras le mordisqueaba el cuello. Él aprovechó ese momento de respiro para meter su mano entre las piernas de la mujer, que separó ligeramente y permitió el paso de los dedos que, cuando tocaron lo que buscaban, la inmovilizó unos segundos; ella cerró los ojos y volvió a lanzarse sobre los labios del muchacho.

Cayeron al suelo y sus cuerpos se ocultaron detrás de la estantería que albergaban las obras de Atanasio de Alejandría, Tomás de Aquino, Karl Rahner y otros teólogos. Lía solo podía ver cómo los pies de los amantes se entrelazaban. Escuchaba pequeños y confusos sonidos que se mezclaban con el contrapunto del alcatraz y el inarmónico canto de la gaviota. Aquel pasional jazz session acabó de repente y se produjo un silencio. La bibliotecaria imaginó un abrazo o una caricia o un beso tibio.

La luz de la luna entraba firme por los grandes ventanales de la planta baja del edificio. Cuando la joven se incorporó, su rostro a contraluz dibujó un perfil inconfundible. Lía sonrió, porque la vida siempre se abría paso en aquel olvidado cacho de tierra, refugio de desheredados que, perseguidos por la soledad, recalaban aquí. Sonrió, porque el amor siempre buscaba una rendija por la que colarse. Sonrió, porque Madrugá, la niña de voz aterciopelada, de mirada tibia, la que siempre llevaba su mano izquierda escondida en el bolsillo del pantalón de lana, ya no lo era. Sonrió, porque se sintió húmeda y supo que el deshielo, por fin, había comenzado por ella y que yo no iba a detenerlo.

 


(Relato extraído del libro «Cinco mil doscientas treinta y nueve palabras para el camino«, publicado por Bilenio Publicaciones con ilustraciones de Álex Falcón)

 

La fotografía del relato de Annie Spratt on Unsplash